No se puede pedir dos cosechas al año, y en cada momento del año toca disfrutar de los alimentos que la naturaleza ofrece. Esto que se podría decir de la fruta y de tantos otros productos alimentarios también vale para la trufa.
Trufa de verano tuber aestivum
En este tiempo que soportamos los rigores del verano también es posible consumir trufa fresca, aunque no sea trufa negra. Justo ahora, en la época estival, es el tiempo de la trufa de verano o trufa blanca (Tuber aestivium Vitt.), ya que está en su punto óptimo de madurez.
Esta especie de trufa tiene un aspecto exterior muy similar al de la trufa negra, con unas verrugas (carpóforo) de gran tamaño (de 4 a 7 mm de altura), y su carne (gleva) es blanca cuando la trufa es inmadura, siendo de color caramelo tostado o avellana cuando alcanza la madurez.
Su interés culinario es menor que el de la trufa negra, y por tanto también lo es su valor económico (entorno a un 60-80% más barata que Tuber melanosporum). Su aroma y sabor es muy bueno, pero mucho menos intenso que los del diamante negro.
La Tuber aestivum, la trufa blanca o de verano se suele servir en muchos restaurantes que a veces venden gato por liebre, o blanca por negra.
De todas formas, para apreciar un buen solomillo de buey hay que comer de vez en cuando un buen bistec de ternera. Cualquier plato aderezado o reforzado con trufa blanca será sin duda un muy “bistec de ternera de mucha calidad”.
Para todos aquellos que queráis ampliar la información acerca de ésta y de otras especies de trufa os recomiendo la obra “Truficultura. Fundamentos y Técnicas”, de Santiago Reyna Domènech. Ediciones Mundiprensa, 2007.


